Sublime arte + cultura contemporanea


THE TURN OF THE SCREW
marzo 8, 2011, 11:13 pm
Filed under: Artes escenicas

THE TURN OF THE SCREW. Una propuesta modélica
Julio César Abad Vidal
2010/11/22


Esta versión de uno de los títulos más asombrosos ya no de su autor, Benjamin Britten, sino de la historia de la ópera del siglo XX, The Turn of the Screw (Otra vuelta de tuerca, habríamos de traducir, como hiciera tan celebradamente José Bianco), habrá de resultar tan memorable para sus espectadores como lo fuera aquélla representada en el Teatro de la Zarzuela hace ya once años con el protagonismo dramático y vocal de un extraordinario Donald Kaasch (Peter Quint, ocupándose, como es habitual, asimismo del prólogo ) y de una sobrecogedora, como es norma, Raina Kabaivanska (en el papel de la institutriz).
En esta ocasión, como en aquélla, dirección musical (Pons y Ros Marbà) y dramática (McVicar y Ronconi, respectivamente) confluyen en una lectura literal y verosímil de un material original (basado en la novela corta homónima de Henry James) repleto de aristas y que ha conducido a una abrumadora miríada de interpretaciones. Tantas, que la solución más responsable y enriquecedora sea, como ha ocurrido en las dos versiones escenificadas en Madrid, la de dejar al espectador (y al lector) margen a su propia interpretación. En este sentido, como en muchos tantos, también la versión de David McVicar resulta modélica. Avancemos al amable lector nuevos motivos para el entusiasmo. The Turn of the Screw se ocupa de la llegada de una nueva institutriz a una mansión inglesa en el siglo XIX para hacerse cargo de la educación de dos niños huérfanos que han sufrido la influencia negativa de dos antiguos sirvientes y que han fallecido en extrañas circunstancias. La institutriz no sabrá nada de esto cuando llegue a su destino, como no conocerá el hecho de que los espectros de los muertos se estén presentando a los niños para corromperles. En apenas algo menos de dos horas y con una orquesta de cámara, Britten logra un artefacto que parece instalarse –tal es su prodigioso encanto- en el subconsciente de sus espectadores. Máxime cuando la lectura se realiza de manera solvente. La dirección escénica de McVicar sobrecoge por su nitidez. Ausente de arbitrariedades, consigue desembrozar toda la complejidad de las relaciones expresas o tácitas entre sus torturados personajes. En esta versión la confluencia de la escenografía y el figurinismo de Tanya McCalllin y la iluminación de Adam Silverman conducen a un triunfo absoluto de un tenebrismo físico que traduce admirablemente la atmósfera sentimental de sus personajes. Todo en escena es negro. Lo es el suelo, sensiblemente inclinado hacia el espectador, las paredes, los muebles todos, el vestuario (que complementa al blanco destinado a la ropa interior y la de cama). Y la iluminación es extraordinariamente tenue, con algunos focos visibles en el término inferior del escenario y más próximo al espectador. Las soluciones de los cambios escénicos son, por su sencillez y su rigor, ejemplares. Los mismos intérpretes y un escaso número de figurantes desplazan algunos muebles al comienzo de cada número, un diorama en el fondo se abre en los momentos en los que la acción se desplaza a exteriores, y unos paneles que semejan enormes paredes transparentes de cristal, como si se trataran de los lienzos vítreos de un invernadero, se desplazan mediante un sistema de rieles, asimismo, visible en todo momento para el espectador. Así, el escenario parece convertirse en una jaula en la que se encuentran presos de una sobrecogedora red de misterios, de secretos, de interdicciones, y donde el engaño y la crueldad se ofrecen con una apariencia cada vez menos turbia. Encerrados como están, el final que podría parecer redentor –por ser una solución próxima a la tónica en la historia operística- resulta por completo desesperanzador si atendemos a las palabras de su protagonista y a su música, la repetición, a cargo de una institutriz que queda para siempre sin nombre, de un siniestro ensalmo (“The ceremony of innocence is drowned”, extraído del poema de Yeats, “The Second Coming”), que afirma que se ha instalado ya entre aquellos la maldad contra la que combatía.
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