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Hacia una redefinición del proletario
marzo 8, 2011, 11:20 pm
Filed under: Pensamiento

 

 

Hacia una redefinición del proletario
Ernesto Castro
2010/06/02

Según la tradicional definición, proletario es aquél trabajador perteneciente a la clase alienada: el producto de su trabajo, del que previamente se le ha sustraído, se le opone como ente extraño (muy edípicamente: violación del origen), rodeado de un aura de fetichismo, sobre el cual se proyecta una suerte de deseo frustrado. Marx escribe: “La desvalorización del mundo humano crece en razón directa a la valorización del mundo de las cosas. El trabajo no sólo produce mercancías; se produce también a sí mismo y al obrero como mercancía, y justamente en la proporción en que produce mercancías en general.”[1]

Lo importante aquí es tomar conciencia de la constitución del trabajador que, como una libido frustrada, queda reducido a su condición de maquinaria. La sociedad se comprende entonces como combate abstracto: los patrones de conducta y reconocimiento mutuo imperantes responden a la lógica de la eficiencia, el autodominio y la competencia. Nos hallamos aquí con una substancia sin sujeto. La clase proletaria se denomina substancia en cuanto fundamento del entero sistema productivo; se define gracias al concepto de potencia: una tensión libidinal que, una vez frustrada, se ve reconducida a la sublimación el objeto de consumo a través de la construcción del fetiche. Esta sublimación se los deseos es consecuencia de la reificación a la que se ve sujetoa su trabajo por medio de relaciones de poder y mecanismos del deseo. Al mismo tiempo, no es sujeto de derechos: la capacidad de desarrollar su subjetividad le está vetada bajo la forma de una imposibilidad de acceder al orden del discurso. El fetiche es ese objeto de deseo sublimado producto de la incapacidad de expresión. Según Foucault “el discurso […] no es simplemente lo que manifiesta (o encubre) el deseo; es también el objeto de deseo; pues […] el discurso no es simplemente aquello que traduce las luchas o los sistemas de dominación, sino aquello por lo que, y por medio de lo cual se lucha, aquel poder del que quiere uno adueñarse.”[2] esta substancia carente de subjetividad. El proletario se encuentra sujeto

Hoy día la apropiación del orden del discurso no posee un carácter violento para las clases medias de los países desarrollados. Una pregunta a la que no vamos a responder es: ¿quién se apropia de qué?; ¿son ellos los que se apropian de él o él el que se apropia de ellos? Nos hallamos en una sociedad de excesiva tolerancia y apertura, en la cual, de hecho, la violación del orden del discurso imperante constituye el fundamento legal de los derechos fundamentales del ciudadano. Zizek asegura: “En nuestra sociedad, pos-política y liberalmente permisiva, los derechos humanos se pueden ver como el derecho a violar los mandamientos. El derecho a la privacidad es, en efecto, el derecho de cometer adulterio, en secreto, sin que nadie observe o investigue. El derecho de perseguir la felicidad y de poseer propiedad privada es, en efecto, el derecho de robar (explotar a otros). La libertad de prensa y expresión: el derecho a mentir. El derecho que permite a los ciudadanos libres poseer armas: el derecho a matar.”[3] En esta sociedad del consumo la lógica del imperativo categórico se ha invertido: el deber no es ontológicamente previo al poder[4], el acto a la potencia, contra Aristóteles. Por contra, la libertad del ciudadano se concibe como una potenciaactualidad; actualidad del consumo y la información (un y que está a punto de pasar por expresar una relación de identidad entre información y consumo). La estructura del capitalismo global no marca únicamente el acta de defunción de la Metafísica aristotélica, sino que pasa por disociar los términos de actualidad y potencia. Podríamos matizar lo anterior diciendo: de la actualidad se infiere la impotencia. Un apunte: léase “actualidad” en términos de información; de nuevo, hay que seguir comprendiendo esta actualidad como déjà vu que se encuentra precedido por una sobreproducción de ensoñaciones, anticipaciones y sueños proféticos de carácter estético (Apocalipsis varias) o político (promesas electorales). autosustentante que no solo antecede, sino que determina de forma precisa la

Muy lacanianamente, el imperativo categórico del super-ego capitalista exige: “Tu puedes, incondicionalmente” (Du sollst schlechthin, pace[5] Por otro lado, la democracia capitalista asienta sus bases sobre un fiat de la voluntad humana que no responde a ninguna definición previa de ser humano. No es la naturaleza sino el deseo el instrumento de legitimación del Estado; una ontología de la autorreferencialidad.[6] Nos encontramos aquí con una plena apropiación del orden del discurso en su más absoluta contingencia. Nos hayamos ya, por tanto, en poder de las herramientas para aventurar una definición del proletario contemporáneo como subjetividad sin sustancia, esto es, la inversión perfecta del proletario convencional. En primer lugar, la actividad productiva del proletario contemporáneo es totalmente irrelevante para el mantenimiento del sistema. El ámbito donde opera la lógica de la efectividad es justamente el del consumo, reglamentado por la lógica insustancial del deseo. En segundo lugar, la impotencia que se deduce de la actualidad impuesta a través de los medios tiene como consecuencia la construcción de la individualidad a través de un fuerte sentimiento de frustración e impotencia. Fichte). Se trata de una afirmación que parece expresar autonomía, cuando en realidad posee un importante poder coactivo: se trata de un poder que requiere ser continuamente actualizado. El poder de la autorrealización y de la consecución de la felicidad deviene una exigencia colectiva cuyo incumplimiento es fruto, no sólo de insatisfacción, sino de culpabilidad. De nuevo Zizek: “el psicoanálisis no trata del padre autoritario que prohíbe el goce, sino trata del padre obsceno que lo manda, y por eso produce impotencia y frigidez. El inconsciente no es secreta resistencia a la ley, sino la ley misma.”


[1] Karl Marx. Manuscritos de Economía y Filosofía, Madrid: Ed. Alianza, 1968, p. 106.

[2] Michel Foucault. El orden del discurso, Barcelona: Ed. Tusquests, 2008, p. 15.

[3] Slavoj Zizek: “You may!” en London Review of Books, Vol. 21 No.6. 18 de marzo de 1999.

[4] En Kant, de hecho, poder y deber (o sus homólogos: libertad e imperativo categórico) son las dos caras de la misma moneda nouménica: el Faktum de la razón pura que se impone como clave de bóveda (Schlusstein) del entero sistema crítico. Entendido como fórmula coactiva del deber, el imperativo categórico es su ratio cognosciendi y la libertad su ratio essendi, comprendiendo por libertad el postulado de un poder espontáneo, autónomo e independiente.

[5] Zizek: op. cit.

[6] Un claro ejemplo son los instrumentos de legitimación utilizados durante la guerra contra el eje del mal (guerra que, por cierto parece haber quedado paralizada, como en una situación de tablas o trincheras). En los discursos de Bush era habitual apelar a la democrática como fundamento último, valor absoluto, condición sine qua non para no ser considerado enemigo potencial del Imperio.

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